Nacimos en el corazón de un obrador tradicional

Las buenas recetas no salen a la primera. Se prueban, se corrigen y se repiten hasta que salen solas. La nuestra empezó en 1958, cuando José Argilés Luz abrió su primera churrería en Barcelona. A base de madrugones y de un respeto enorme por el oficio, aquel pequeño mostrador acabó haciéndose un nombre en la ciudad y ganándose un lugar en el corazón de los barceloneses.
Fueron aquellas largas noches junto a la freidora, con un calor que no daba tregua, el olor a fritura metido en el pelo y la ropa impregnada de harina blanca, las que le enseñaron lo bonito que puede llegar a ser un oficio tan duro. José no lo vivió como un trabajo más: lo convirtió en su forma de vida. Sin saberlo, estaba dando origen a un legado que sobreviviría al paso del tiempo y que, décadas después, seguiría llevando su apellido, sus valores y el orgullo de un oficio que nunca dejó de sentir como propio.









